Creerse Europa

Creerse Europa

creerse europaAl iniciar el debate sobre la comunicación de y en Europa la primera pregunta que cabría plantearse es la más sencilla: ¿nos creemos Europa? Más allá de una mera y simple respuesta afirmativa, sería necesario profundizar en el sentido de esa creencia: ¿consideramos a Europa como patria o como un mero accidente geográfico-administrativo?

Del desarrollo interior de nuestras respuestas dependerá en gran parte la calidad del mensaje a transmitir. Por supuesto, se puede argumentar de manera impecable para vender con gran éxito un crecepelo, un ungüento o el jarabe curalotodo a los que no creemos en tales sustancias milagrosas. Pero, comunicar, transmitir un sentimiento solo puede surgir del corazón, y derivadamente del convencimiento de que ése es nuestro mundo, nuestra familia, nuestro ámbito natural de crecimiento y desarrollo, y el territorio que albergará nuestras cenizas cuando haya transcurrido nuestro tiempo.

Entiendo por lo tanto que el principal defecto que aprecio generalmente en la comunicación sobre Europa es la ostensible carencia del sentimiento de pertenencia a una patria llamada así, Europa. La principal diferencia entre hablar de una patria, chica o grande, y un ente abstracto, es evidente: de la primera se habla con indisimulado cariño, se reconocen los defectos, aunque siempre minimizados ante las grandezas reales, posibles o incluso imaginadas. Al ente abstracto en cambio no se le pasa ni una; es más, hay una mayor proclividad a magnificar los defectos, dar por supuestas las virtudes y relativizar las ventajas.

Por obvias razones históricas, los ciudadanos europeos no han sido educados en el amor a la patria Europa. Más aún, si en estos tiempos sería harto difícil encontrar patriotas “dispuestos a verter hasta la última gota de sangre”, como rezaba la fórmula en las juras de bandera de todos los ejércitos del mundo, mucho menos se hallarían individuos dispuestos a honrar semejante juramento por un ente llamado Europa.

Es una constante de la raza humana que a la familia y a la patria se las defiende aunque no tengan razón, frente a cualquier adversario, y sin el menor género de dudas ante un enemigo que quisiera destruirlas. No parece aventurado asegurar también que Europa, nuestra Europa, tal vez no cuente tampoco con muchos “hijos” dispuestos a defenderla ante los que  la quieren derribar.  

Como consecuencia de esa falta de convicción individual y general, nuestra patria Europa es si cabe mucho más vulnerable que nuestra patria-nación, e incluso patria-región. De manera que, si las naciones se han conformado a lo largo de la historia a partir del agrupamiento de gentes  y pueblos más o menos afines para ser más fuertes, mejor defenderse y conformar un horizonte de prosperidad general, habría que impulsar el mismo proceso respecto de Europa.

¿Qué impide esa educación-comunicación que vaya ahormando ese sentimiento de pertenencia y ciudadanía? La mezquindad, el catetismo, la enanez de pensamiento y el egoísmo de los caciques de aldea, que creen salvar su supuesta posición de privilegio en un mundo global, capaz de devorar y deglutir las pequeñas ambiciones.

Faltan asimismo líderes capaces de aglutinar voluntades e intereses dispares en la configuración de esa patria Europa. Los que contribuyeron en el pasado a unir y conformar las naciones hubieron de recurrir con frecuencia a la fuerza de las armas. Afortunadamente, el proyecto de construcción europea, tras el ingente derramamiento de sangre que le precedió, se está forjando mediante el diálogo y la libre adhesión. Sin embargo, Europa no debería abdicar del recurso a hacer valer su fuerza moral, tanto para reprender y castigar a los “hijos” más díscolos en el respeto a los sacrosantos valores de la familia europea, como para fortalecerse frente a quienes desde fuera aspiran a destruirla y repartirse sus bienes.

A mi modo de ver, es a partir de estas premisas que Europa debe comunicar sus puntos de vista y sus convicciones comunes sobre un mundo que espera y precisa de su influencia. Su fuerza radicará en los valores de su civilización, donde la solidaridad es su principal seña de identidad. Es así que la misión primordial es que todos los ciudadanos europeos nos convenzamos de la superioridad de nuestros valores frente a otros modelos. Por consiguiente, la comunicación europea debería incluir siempre de manera implícita o explícita la convicción en que sus valores, los nuestros, los de nuestra familia europea, son simplemente los mejores.    

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