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1 de febrero de 2015
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LA HORA EUROPEA
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Euronews, la Torre de Babel de la información

La cadena de información europea celebra su 20 aniversario. Impulsada por 400 periodistas procedentes de una treintena de países y difundida en 13 idiomas, ha sabido dotarse de un estilo para llegar a un público diverso, desde el hombre de negocios alemán hasta el manifestante egipcio.

Mantener la imparcialidad es la gran apuesta de los 400 periodistas de una treintena de nacionalidades, que aportan otras tantas visiones del mundo. Para ello, “existen barreras de contención”, insiste François Chignac, redactor jefe adjunto. Empezando por la organización de redacción, dividida en servicios (internacional, economía, etc.) y cada uno integrado por 11 periodistas. Uno por cada idioma en los que se emite Euronews, aunque los griegos forman un grupo aparte.

“Esta diversidad constituye un desafío permanente”, explica Pedro Lasuen, jefe de la sección de Deportes. “En mi caso, soy de un país, España, que no cubre los deportes de invierno. Y cuando el periodista inglés propone un asunto sobre el cricket, ¡tiembla todo el servicio!”. A pesar de las estrictas reglas que rigen la elección de temas, “siempre hay alguien que no está de acuerdo”, reconoce. “Todos los periodistas quieren satisfacer a sus telespectadores nacionales”.

Una vez que se seleccionan los asuntos y se montan las imágenes, es el turno de los 11 periodistas, que deben redactar en su idioma materno un comentario que será distinto al de sus colegas. Es una cuestión es estilo, propio de cada cultura. Pero también de jerarquización de la información, ya que cada uno se adapta a su audiencia. “En lo relativo a Malí, el periodista francófono precisará el número de soldados desplegados en el terreno, pero el ucraniano no”, pone como ejemplo François Chignac. Lo que cambia es la forma, pero no el fondo, asegura: “Lo que priman son las imágenes”.

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El desgobierno europeo

Publicado por  EL PAIS

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Lo ocurrido esta semana en relación con Chipre ha puesto de manifiesto con total brutalidad hasta qué punto la Unión Europea tiene un problema de desgobierno. Son cuatro las razones que explican por qué el sistema decisorio europeo está gripado.

»El sistema no resuelve los problemas. Primero, no es eficaz a la hora de atajar los problemas que pretende resolver. Más bien al contrario, tiende a agravarlos. Esto es cierto tanto en el nivel macro como en el nivel micro. En el primero, observamos cómo el crecimiento se estanca, el desempleo sigue subiendo y la deuda no sólo se reduce sino que crece. La combinación de un diagnóstico de la crisis erróneamente centrado en la deuda pública, seguido de unas prescripciones articuladas en torno a la austeridad a ultranza y unos líderes europeos pegados a la arena electoral de cada país nos han llevado a un sistema de crisis permanente.

A un diseño defectuoso de la zona euro y unas políticas erróneas se ha sumado una década de dejaciones que han convertido a la UE en un campo de minas: Grecia falseando las estadísticas, Italia negándose a reducir la deuda, Alemania inundando a sus socios de dinero barato, España cebando sin límite una burbuja inmobiliaria, Irlanda inflando su sector financiero y haciendo dumping fiscal a sus socios, Chipre montando un paraíso fiscal al servicio de Rusia, y así sucesivamente.

La acumulación de una serie desequilibrios tan tóxicos, junto con la falta de instrumentos efectivos para lidiar con la crisis, nos instala en una situación en la que todos los problemas acaban adquiriendo carácter sistémico. Que España o Italia lo fueran es comprensible, pero que Grecia y hasta el minúsculo Chipre puedan desestabilizar toda la eurozona nos da la verdadera idea de la fragilidad del sistema y su falta de mecanismos de seguridad.

Que las políticas para salir de la crisis no están funcionando es evidente y que las instituciones europeas y sus líderes no están a la altura del trabajo también lo es, pero la UE sigue instalada en la autocomplacencia de los pequeños pasos y en la soberbia de pedir tiempo y paciencia. ¿Cuánta?

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Stéphane Hessel habló, sufrió, sonrió y no dejó de resistir

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Publicado originalmente en EuroxPress.

«La indignación que preconizo es la que debe expresarse cuando hay violación de valores fundamentales», decía Stéphane F. Hessel hace año y medio. Hacía esa precisión en una entrevista con Jean-Claude Matgen, del diario La Libre Belgique. Y precisaba: «No es la indignación de los populistas, de los xenófobos y de los nacionalistas. La indignación sólo se justifica cuando conlleva valores fundamentales que sean maltratados, como la apertura de nuestros países (europeos) hacia los que escapan de la miseria. Las juventudes europeas no están, hasta ahora, suficientemente indignadas contra los nuevos reflujos de lo que representaron nuestros enemigos nazis, fascistas, etcétera». Hessel los consideraba fenómenos inquietantes en la actualidad.

Con él muere un anciano de casi 96 años, un icono de los medios, una figura popular, un antiguo resistente, un diplomático. También un gran europeo. Él era un defensor de Europa como idea política progresista. Nació en Berlín, de padre y madre muy intelectuales, amigos de Duchamp y Picasso. Murió en París, se hizo resistente en Londres. Fue prisionero en el campo de concentración nazi de Buchenwald, de donde pudo evadirse tras cambiar la identidad con otro preso muerto víctima del tifus. Iban a ahorcarlo cuando se cambió por el difunto y asumió su nombre, Michel Boitel, fresador antes de la guerra.

De esa situación, no extrajo sólo una aureola heroica, sino también una polémica agria sobre los métodos de las distintas resistencias y sus diferencias con Jorge Semprún en aquellas circunstancias excepcionales. Los interesados pueden bucear ese aspecto terrible, duro y áspero, desolador, en los libros del propio Semprún, de Marguerite Duras, en los caminos singulares de François Mitterrand desde su juventud derechista a su entrada (auténtica, verdadera) en la resistencia. Ahí, hay que volver a Hessel y a sus críticas a los comunistas.

Leer la memoria de aquellos tiempos inhóspitos que escribió otro superviviente, Robert Antelme, que tituló significativamente «L’espèce humaine». Semprún, acusado de dar preferencia de vida a los comunistas en el campo de Buchenwald, respondió: «Lo que yo pretendo es que se vea el documento de Antelme, en el que se me acusa, es un documento típicamente estaliniano en el que él se cubre de inocencia, como en otros documentos estalinianos a otros se les acusa de culpabilidad» (El País, 19 de diciembre de 2010). No es fácil tener las manos siempre limpias.

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El fantasma de la corrupción que recorre Europa

Publicado originalmente en Euroxpress.

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Un mal endémico recorre Europa en forma de sobornos, abuso de poder y acuerdos secretos que se traduce en unos servicios públicos de escasa calidad y un impuesto añadido a la inversión privada que se marcha para evitar pagarlos. De la lacra de la corrupción política no se libra ningún país de la Unión Europea, aunque algunos tienen leyes que la hacen más difícil y punitiva que otros Estados donde no existe legislación específica para controlar cuánto, cómo, en dónde y de qué manera gastan sus gestores públicos el dinero que proviene del bolsillo de los contribuyentes.

La clasificación de Transparencia Internacional, sobre el grado de corrupción de los Veintisiete, lo deja meridianamente claro: corrupción y decadencia económica van estrechamente ligados. De ahí que Grecia sea el país europeo más castigado por la crisis y se sitúe en el último lugar del ranquin. Sobre una puntuación de 0 a 100, donde 0 es muy corrupto y 100 muy transparente, el territorio helénico recibe una puntuación de 36, por debajo de Perú, Marruecos o Colombia.

Cerca de Grecia se sitúan Irlanda, España, Portugal e Italia, los países vapuleados por los recortes, deuda y déficit. Los europeos sienten que la corrupción está poniendo en peligro sus sistemas democráticos. Así lo refleja el Eurobarómetro de 2012, donde 80 de cada 100 ciudadanos de la UE afirma que existe corrupción en las instituciones locales, regionales y estatales y ocho de cada 100 europeos revela que tuvo que pagar sobornos. Ante estos datos alarmantes, la Comisión Europea recuerda que la corrupción tiene un impacto en la Unión de 120.000 millones de euros por año.

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Jürgen Habermas recogerá el Nobel en nombre de la UE

Publicado por El Páis

Por desgracia, el titular no es verdad. Pero podría serlo si se sumaran a esta propuesta. Me explico. La concesión del Nobel de la Paz a la UE me parece, sorpresa, una magnífica idea. Son, como han dicho los miembros del Comité Noruego del Nobel (de la Paz), nada menos que “seis décadas de contribuciones al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa”. Sin duda que la Unión Europea es el proyecto institucional más innovador de la historia: la creación de un espacio político supranacional, con normas comunes, derechos y libertades que trasciendan las rígidas fronteras territoriales estatales y las rígidas fronteras mentales que marcan las identidades es algo inédito, y de tener éxito, transformará (ya lo ha hecho parcialmente, al menos dentro de Europa) irreversiblemente nuestra manera de entender la política y las relaciones internacionales.

Pero dado el lamentable estado en que está el ideal europeo, cosa que el Comité no ha olvidado señalar en su nota de prensa (Europa está en máximo de desempleo y de desafección ciudadana - véase mi columna del viernes 12 de octubre - Europa año V d.C), me opongo frontalmente a que cualquiera de sus múltiples presidentes (de la Comisión, del Consejo o del Parlamento Europeo) se presente en Oslo a recoger el premio.  ¿Se imaginan lo aburrido y previsible que sería la ceremonia? O peor aún, ¿se imaginan que en aras de equilibrio institucional, fueran los tres, Barroso, Van Rompuy y Martin Schulz, los que fueran a recogerlo?

Por eso quiero proponer que en su lugar vaya un octogenario, Jürgen Habermas. Habermas representa con toda perfección el ideal cosmopolita de Europa, el empeño en construir una democracia posnacional, una democracia que no esté basada en las identidades, sino en los derechos y en una ética común. Habermas diría cosas relevantes, no se refugiaría en lugares comunes ni caería en la autocomplacencia. Es más, seguro que, a juzgar por las cosas suyas que hemos leído últimamente, sacudiría las conciencias europeas con una acerada crítica de las miopías y los egoísmos nacionales, algo que necesitamos urgentemente si queremos sobrevivir con dignidad a esta crisis.

Nos dicen de Habermas que está “muy enfadado, totalmente furioso, sí, porque se lo toma todo como algo personal. Da un golpe en la mesa y grita: "¡Basta ya!". Simplemente no quiere ver cómo Europa acaba en el cubo de la basura de la historia mundial” (Jürgen Habermas, “El último europeo”, PressEurope, 2 de diciembre de 2011). Su último ensayo (“Sobre la Constitución de Europa”, editorial Trotta) versa precisamente sobre el secuestro de la democracia europea por la tecnocracia y el “alejamiento de los políticos europeos de los ideales europeos” (véase aquí un resumen del texto), así que nada más oportuno. Nada mejor que un alemán para enseñarnos lo mejor de Alemania y que nos olvidáramos por un rato aunque fuera de Merkel y compañía y que celebráramos que no hay un país más ejemplar, más generoso y que haya logrado una transformación tan completa y tan sincera como Alemania.

Quizá, aunque esto ya sería rizar el rizo, podría ir de la mano del hombre que inspiró el nombre de este blog, George Steiner- ¿Se imaginan? ¿Dos octogenarios, incluso nacieron el mismo año, en 1929, uno alemán y otro judío, recogiendo ese premio en nombre de Europa?  Hace unos meses, a su paso por Madrid, el expresidente brasileño, Lula da Silva, sorprendió a la audiencia al decir que lo logrado por la UE era “patrimonio de la humanidad” y que, por favor, no lo dejaran destruir. Quizá Lula también podría sumarse …

¿Lo mejor de este Nobel? Que nos ha dado inspiración para seguir preocupados y comprometidos con el proyecto europeo. Premiar una idea es difícil, pero no será en un blog de ideas donde se cuestione lo importante que son.

 

Sesenta lenguas minoritarias europeas luchan por sobrevivir

Por Raúl Solís,  publicado originalmente en Euroxpress.

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«En ocasiones, la gente me pregunta si los idiomas importan de verdad en la era de la globalización. Mi respuesta es simple: el día en el que, en Europa, se dejen de hablar todas sus numerosas lenguas será el día en que Europa, como idea y como proyecto, deje de existir». La frase es de la comisaria europea de Multilingüismo, Androulla Vassiliou, con motivo del Día de las Lenguas, que la UE acaba de celebrar. La realidad es muy distinta. Las lenguas minoritarias de Europa luchan por su reconocimiento contra muros sociales, culturales y políticos.

Más allá de las 23 lenguas que la UE reconoce como oficiales, hay 46 millones de europeos, cerca del 10 por ciento, que hablan 60 lenguas consideradas «minoritarias o regionales». Algunas de estas lenguas gozan de un nulo reconocimiento por los propios Estados-nación. Sólo 9 Estados de la Unión consideran cooficial una o más lenguas distintas a la nacional: Italia, España, Finlandia, Bélgica, Reino Unido, Irlanda, Luxemburgo o Malta. Si bien es cierto, en Bélgica más que cooficialidad lo que existe es una división político-lingüística que puede acabar con la división real de Bélgica en dos países.

Francia, Bulgaria, Grecia y Polonia son los Estados más restrictivos con el multilingüismo y no aceptan la oficialidad de ninguna de las lenguas minoritarias que se hablan en sus territorios estatales. La Unesco cifra en 30 las lenguas minoritarias europeas que corren serio peligro de quedar extinguidas en no muchos años. Algunas de ellas ya están en estado vegetativo. Como el romaní, lengua del pueblo gitano que sufre la misma estigmatización que la etnia gitana. Sólo en Finlandia es oficial el habla del pueblo gitano.

Esta misma situación de agonía vive el yidis que hablan las comunidades judías de Centroeuropa. El extermino de los nazis contra los judíos acabó también con la lengua de los judíos centroeuropeos. El lombardo, lengua minoritaria de la región italiana de Lombardía, también agoniza ante la total desprotección del Estado italiano. Además de España, en otros tres Estados de la UE está reconocido el multilingüismo. El inglés comparte oficialidad con el gaélico en Irlanda y con el maltés en Malta; Luxemburgo reconoce tres idiomas oficiales, luxemburgués, francés y alemán; y en Finlandia los finlandeses se pueden dirigir a sus instituciones nacionales en finés, finlandés o sueco.

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