Petróleo y guerra: seguridad geopolítica o control del crudo

En el conflicto actual, mientras Benjamin Netanyahu sigue alegando sobre todo motivos de seguridad nacional para desencadenar la nueva guerra, Donald Trump –aunque también– parece más movido por sus obsesiones de control de las producciones de crudo de Oriente Medio, a través de sus aliados árabes.

La geopolítica de Trump se entrecruza siempre con la idea de negocio, con viejas ambiciones de lo que podríamos llamar una cierta geopolítica de la petroleidad. Se trata de una concepción anclada históricamente en determinados círculos de poder, especialmente en Estados Unidos… pero no sólo allí.

Petroleo y guerraFuente de la Imagen: Jorge Juan Morante López/IA

Tras la primera fase de la guerra actual contra Irán, la Casa Blanca parece estar abriéndose –paulatinamente– desde lo que desea hacia lo que realmente entrevé que puede o podría ser el cumplimiento de sus objetivos.

Dentro de las contradicciones habituales de Trump, ha llamado la atención que el lunes 9 de marzo, señalara que los objetivos de la guerra se habían cumplido («very complete, very much»). Para a continuación añadir que únicamente el cierre del estrecho de Ormuz al tráfico marítimo, le empujaría a una ofensiva de los bombardeos «veinte veces más dura». https://www.theguardian.com/world/live/2026/mar/10/iran-war-live-updates-iranian-supreme-leader-mojtaba-khamenei-middle-east-tehran-oil-prices-latest-news

Para Washington, parece que se trata de asegurar su hegemonía petrolera. Esta hegemonía se logra haciendo que los precios no jueguen un papel contrario a sus intereses, en un contexto de exceso de producción o de oferta en el mercado.

 Para ello, es necesario cartelizar la industria petrolera internacional. Ello asegura el precio “justo” para la economía hegemónica y la renta y los beneficios, a las economías y a las empresas petroleras. Con unos intercambios descontrolados, se hundirían los precios y los flujos pasarían a ser ingobernables. Un ejemplo: en 2020, tras la crisis del Covid-19, los precios llegaron a ser negativos.

A lo largo de la historia, la denominada cartelización se ha hecho de varias maneras. Pero desde la ruptura de la Unión Soviética, la salida del petróleo ruso y de otros países exsoviéticos productores (Azerbaiyán, etcétera), se ha hecho más difícil volver a una relativa monopolización o concentración del mercado.

Esa situación se agravó en el siglo actual al crecer extraordinariamente la producción y extracción de petróleo mediante la técnica de la fracturación hidráulica (fracking), muy criticada por sus evidentes daños medioambientales.

Se produjo una sobreabundancia de oferta porque los estadounidenses dejaron de comprar gas y petróleo en el mercado internacional para explotar sus yacimientos de roca de esquisto (pizarras situadas a gran profundidad, a las que se inyectan elementos químicos, arena y agua a alta presión para liberar el crudo).

Sin embargo, dicha oferta sobreabundante de petróleo quedó más o menos compensada por la creciente demanda de China, sobre todo a partir de la guerra de Irak de 2003. Las tres cuartas partes del petróleo del Golfo se empezaron a dirigir hacia territorio chino.

Ante la necesidad de la gestión controlada de esos mercados, la administración Tump se plantea una estrategia –que desde el punto de vista de la necesidad de cartelizar para mantener el control parece irracional–, pues ignora la posibilidad de exceso de la oferta. Primero, en Venezuela, afirmando que devolverá su petróleo al mercado internacional; y ahora en Irán.

En la situación actual, de producirse, hundiría el sector y a toda una parte de la economía global que se sustenta en los flujos y precios controlados del petróleo. Por ello, o Trump no sabe lo que tiene entre manos, o en este orden internacional cambiante en el que nos encontramos inmersos, se ha decidido que el control de la producción y los precios deja de hacerse por cartelización empresarial y se hace por control territorial directo, reduciendo la cantidad de petróleo que sale al mercado a través de guerras y bombardeos.

En lo que se refiere al gas, la situación es algo distinta. No existe un mercado internacional como el del petróleo. Ello se empezó a transformar, cuando desde el principio de este siglo, Qatar empezó a crear una industria de licuefacción del gas. Es gran cambio de perspectiva, que aceleraron dos hechos, la autorización, por parte de la Administración Obama, en 2015, de que los productores de gas estadounidenses pudieran venderlo al exterior, y la inundación del mercado europeo de este gas licuado estadounidense (57% de todas las compras del mismo en Europa), como consecuencia de las sanciones a Rusia por la guerra en Ucrania

El efecto de esta guerra para China ha sido el opuesto; además de que para su economía el gas es menos relevante que para la europea, China sigue utilizando un cincuenta por ciento de carbón. Pero cualquier compra de China es más que relevante: China es el primer comprador de gas natural licuado (GNL) en todo el planeta. Compra la quinta parte del GNL que se produce en todo el mundo. Su importancia es clave también en este mercado. Hasta hace poco, sus principales proveedores eran Australia, Qatar, Malasia y Rusia. También compraba cantidades importantes a Estados Unidos.

Desde la invasión rusa de Ucrania, mientras Europa dejó de comprar a los rusos, China empezó a comprar cada vez más a Rusia, tanto GNL como lo que importa a través del gasoducto Sichuán-Este, con una capacidad de 38 BCM (billion cube metres).

Aunque no haya un acuerdo mutuo ya confirmado, el gobierno chino ha incluido también el desarrollo de nuevos gasoductos interfronterizos (Rusia-Mongolia-China) en su próximo plan quinquenal (2026-2030). https://elperiodicodelaenergia.com/china-anadira-nuevos-gasoductos-con-rusia-en-su-plan-quinquenal-en-plena-crisis-energetica/

La capacidad de importación de China respecto al gas ruso se multiplicaría por cincuenta (50 veces más). Así consta en el documento presentado en la sesión anual de la Asamblea Nacional Popular.

En la práctica, Rusia está logrando exportar a China el gas que dejó de exportar a los países europeos antes de la guerra de Ucrania.

De modo que en este campo los intercambios de Rusia y China quedan poco a poco fuera del sistema internacional y –parece que– fuera del sistema económico del dólar. Los perjudicados serían los estadounidenses que, además, perderían sus planes de control del mercado de GNL, lo que se ha visto agravado por la política arancelaria de Trump, que ha llevado a China a abandonar poco a poco sus compras de GNL estadounidense, lo que generará sobreabundancia de oferta en el mercado del gas.

Antes de la guerra de Ucrania, China ya estaba negociando con los países productores del Golfo para introducirse en la industria del GNL. Para el gobierno de Xi Jinping, se trata de realizar acuerdos e inversiones con Qatar y los Emiratos Árabes Unidos para formar parte de la industria del gas del Golfo Pérsico.

A corto plazo, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, incluso el posible cierre del estrecho de Ormuz, no representa un problema irresoluble para China. Su dependencia del gas es baja y ya hace tiempo que estaba tejiendo otras alianzas.

No será lo mismo para otros países como Japón, Corea del Sur y la India, que tienen unos porcentajes de dependencia de los suministros de gas árabe bastante mayor que los que tiene China.

Con todo es difícil de interpretar qué se propone (si se propone algo) la Administración Trump, pues por una parte según la agencia Reuters, Trump está dispuesto también a contrarrestar el alza momentánea de los precios y a considerar el levantamiento de las restricciones internacionales de exportación de varios países, que no ha especificado. Naturalmente, la principal beneficiaria sería Rusia. https://www.aljazeera.com/economy/2026/3/10/trump-says-some-sanctions-to-be-lifted-on-oil-producers-amid-iran-war

Pero por otra, si la guerra lleva a la paralización de las exportaciones de GNL de Qatar, tal vez se piense en Washington que a los países asiáticos no les quedará más remedio que acudir a comprar gas a los Estados Unidos, al tiempo que el aumento de precios produciría pingües beneficios para las empresas gasísticas de ese país.

 


* Aurelia Mañé Estrada (profesora de política económica y de economía y geopolítica de la energía en la Universitat de Barcelona)

* Paco Audije, presidente de Europa en Suma.