Europa, algunas razones para la esperanza
Vivimos tiempos en los que el pesimismo parece haberse convertido en la actitud dominante. Las noticias que llegan cada día hablan de guerras, rivalidades entre grandes potencias, crisis energéticas, amenazas híbridas, incertidumbres económicas y acelerados cambios tecnológicos. En este contexto, resulta comprensible que muchos ciudadanos contemplen el futuro con preocupación. Sin embargo, precisamente cuando el ruido de las crisis parece imponerse, conviene detenerse a observar la realidad con una cierta perspectiva histórica. Y esa mirada permite descubrir una paradoja que pocas veces ocupa los titulares: nunca en las últimas décadas han existido tantas razones para confiar en el futuro de la Unión Europea.
Europa no atraviesa una época sencilla, pero sí una etapa extraordinariamente fértil para consolidar su papel en el mundo. Las dificultades de los últimos años, lejos de erosionar el proyecto europeo, han terminado reforzando una convicción cada vez más extendida entre sus ciudadanos: que, en un mundo incierto, la Unión Europea no es el problema, sino una parte esencial de la solución.
Un respaldo ciudadano que no deja de crecer
Pocas veces las encuestas habían transmitido un mensaje tan claro. El último Eurobarómetro revela que el 72 % de los europeos considera beneficiosa la pertenencia de su país a la Unión Europea, mientras que tres de cada cuatro afirman sentirse ciudadanos europeos, uno de los porcentajes más elevados desde que comenzaron estas mediciones. No se trata únicamente de cifras. Detrás de ellas existe una realidad política mucho más profunda: millones de europeos perciben que la Unión representa hoy uno de los espacios más seguros, democráticos y estables del planeta.
Resulta especialmente significativo que esta valoración positiva no haya surgido en tiempos de prosperidad tranquila, sino después de una pandemia mundial, de la guerra en Ucrania, de una grave crisis energética y de un escenario internacional profundamente convulso. Si la confianza aumenta precisamente cuando llegan las dificultades, probablemente sea porque los ciudadanos perciben que la Unión Europea ha sabido responder mejor de lo que muchos pronosticaban.
La fortaleza de pertenecer a una gran comunidad política
Durante décadas, algunos interpretaron la integración europea principalmente como un proyecto económico. Hoy esa visión resulta claramente insuficiente. La Unión Europea representa mucho más que un mercado común o una moneda compartida. Constituye una comunidad política asentada sobre principios democráticos, seguridad jurídica, respeto de las libertades individuales y cooperación entre naciones que durante siglos protagonizaron algunos de los conflictos más devastadores de la historia.
En un mundo donde resurgen los nacionalismos excluyentes, las políticas de fuerza y las tensiones geopolíticas, pertenecer a una organización que reúne a cerca de 450 millones de ciudadanos constituye una ventaja estratégica de primer orden.
La pandemia demostró la utilidad de las compras conjuntas de vacunas. La crisis energética evidenció la importancia de coordinar las políticas de abastecimiento. La respuesta frente a la agresión rusa confirmó que la acción colectiva multiplica la capacidad de influencia internacional de Europa. Cada una de estas experiencias ha ido consolidando una conclusión sencilla: juntos somos considerablemente más fuertes que por separado.
Un proyecto orientado a la protección de los ciudadanos
Uno de los cambios más relevantes de los últimos años ha sido la evolución de la propia concepción del proyecto europeo. Durante mucho tiempo, la integración se asoció principalmente a la prosperidad económica. Hoy los ciudadanos esperan además protección frente a riesgos globales que ningún Estado puede afrontar en solitario: pandemias, terrorismo, ciberataques, desinformación, migraciones irregulares, crisis energéticas o amenazas militares.
También en este ámbito los avances son notables. La cooperación en defensa progresa a una velocidad desconocida hace apenas una década. Las inversiones en industria militar europea, las compras conjuntas de armamento, la coordinación con la OTAN y el decidido apoyo a Ucrania están configurando una Europa mucho más consciente de que la paz también exige capacidad de disuasión.
Del mismo modo, la apuesta por la autonomía estratégica en sectores como los semiconductores, la inteligencia artificial, la energía, los medicamentos o las materias primas críticas permitirá reducir dependencias excesivas respecto a otras grandes potencias. Europa está aprendiendo que la apertura al mundo resulta compatible con una mayor capacidad para proteger sus propios intereses.
La oportunidad actual para fortalecer la integración europea
Entre los desafíos pendientes continúa figurando el funcionamiento institucional de la Unión. En diversas ocasiones, el recurso al veto por parte de algún Estado miembro ha retrasado decisiones importantes relacionadas con la política exterior, las sanciones internacionales, la ayuda a Ucrania o determinadas reformas comunitarias.
Por ello, un eventual cambio de etapa política en Hungría podría convertirse en una excelente noticia para el conjunto de la Unión. No significaría únicamente una reducción de los bloqueos institucionales. También favorecería un clima de mayor confianza entre los Estados miembros, facilitaría acuerdos sobre cuestiones estratégicas y reforzaría la imagen exterior de una Europa más cohesionada.
Al mismo tiempo, el debate sobre una extensión progresiva del voto por mayoría cualificada en determinados ámbitos continúa ganando apoyos. Si esta evolución terminara consolidándose en los próximos años, la Unión dispondría de mecanismos mucho más ágiles para responder a las crisis internacionales sin quedar paralizada por intereses nacionales puntuales.
Una Europa del conocimiento, la innovación y los valores
Existe otra dimensión del proyecto europeo que con frecuencia pasa desapercibida porque resulta menos visible que los grandes debates políticos. Europa sigue siendo una de las principales potencias científicas, universitarias y culturales del planeta. Sus universidades figuran entre las mejores del mundo; sus centros de investigación lideran avances en medicina, física, ingeniería y energías renovables; programas como Erasmus han contribuido a crear varias generaciones de jóvenes que consideran natural estudiar, trabajar o emprender en cualquier rincón del continente.
A ello se suma un liderazgo regulatorio que constituye una forma muy particular de ejercer influencia internacional. La protección de datos, la regulación de la inteligencia artificial, la defensa de la competencia, los derechos de los consumidores o la lucha contra el cambio climático sitúan a la Unión Europea como un referente normativo cuya capacidad para fijar estándares trasciende ampliamente sus fronteras. Europa quizá no aspire a dominar el mundo mediante la fuerza, pero continúa influyendo decisivamente en la forma en que ese mundo se organiza.
También existen sombras, aunque las luces sean más intensas
Naturalmente, ningún análisis serio puede ignorar las sombras y los riesgos que aún persisten. El envejecimiento demográfico exigirá reformas profundas; la competitividad tecnológica deberá acelerarse; la productividad necesita seguir aumentando; la inmigración requerirá políticas comunes más eficaces; la ampliación hacia nuevos Estados obligará a modernizar las instituciones y las tensiones geopolíticas seguirán poniendo a prueba la unidad europea.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental respecto a otras etapas históricas. Hoy la Unión Europea dispone de mucha mayor experiencia, más instrumentos financieros, más capacidad de coordinación, una ciudadanía considerablemente más favorable al proyecto común y una conciencia bastante más clara de que la integración constituye una necesidad estratégica y no únicamente un ideal político.
Las grandes crisis del pasado no destruyeron la construcción europea; la hicieron avanzar. Y todo invita a pensar que las actuales sombras se podrán afrontar de una forma similar.
La fuerza tranquila de Europa
Hace apenas ocho décadas, buena parte del continente era un inmenso campo de ruinas. Hoy Europa constituye el mayor espacio del mundo donde conviven pacíficamente cientos de millones de personas bajo principios compartidos de democracia, libertad, Estado de Derecho y economía social de mercado. No existe ninguna obra humana exenta de imperfecciones, y la Unión Europea tampoco lo es. Habrá desacuerdos, retrocesos ocasionales y reformas aún pendientes. Pero sería un error dejar que el ruido cotidiano ocultara la dirección de fondo de la historia.
Mientras otras regiones del mundo levantan muros, Europa continúa tendiendo puentes, y mientras proliferan las políticas de confrontación, la Unión sigue apostando por la cooperación. Y en definitiva, mientras aumenta la incertidumbre internacional, millones de ciudadanos encuentran en el proyecto europeo un motivo razonable para confiar en el futuro.
Quizá esa sea la mayor paradoja de nuestro tiempo: cuanto más complejo se vuelve el mundo, más evidente resulta el valor de la Unión Europea. Y precisamente por ello, lejos de encontrarnos ante el ocaso de Europa, es posible que estemos asistiendo al comienzo de una nueva etapa de madurez política, de mayor cohesión y de renovada ambición. En una época dominada por el escepticismo, esa no es solo una buena noticia para los europeos; es también una excelente noticia para la democracia, para la estabilidad internacional y para las generaciones que construirán la Europa del mañana.