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La administración Trump y Latinoamérica, ¿y Europa?

“¿América para los estadounidenses?”
La administración Trump y Latinoamerica
Créditos de la imagen: Fuente: archivo fotográfico oficial de la Marina de los Estados Unidos (U.S. Navy)
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  • Subtítulo: “¿América para los estadounidenses?”

Tras las recientes elecciones en Colombia y Perú, abundan los titulares de una ola derechista en América Latina o, en versión menos dramática, de un mapa partido, en los países y el propio continente (1). Aunque hay una gran relación, se atribuye el giro a las intromisiones de la administración de Donald Trump, lo que minimiza algunas apuestas inciertas o fallidas de la Casa Blanca, y difumina por completo tanto las dinámicas internas de cada nación, como algunas tendencias regionales que ya venían de antes.

Por razones históricas e intereses bilaterales, la Unión Europea prestaba poca atención a la región antes del ingreso de España hace cuatro décadas, pero la UE estableció mecanismos de coordinación, conforme el mapa americano superó las dictaduras, guerras y conflictos en los 90, en especial en la agenda global democrática, comercial y ambiental. Aunque se estableció una cumbre bienal, el interés europeo ha sido desigual.

Un vaivén acorde a la escasa ambición europea por diversificar lazos que Bruselas suele justificar en la inestabilidad latinoamericana, no obstante el insuficiente apoyo frente a los retrocesos democráticos, cuando no el silencio como parte del impulso apaciguador hacia los excesos trumpistas, incluida la  interiorización de su máxima de “América para los americanos”.

Pero el desorden mundial impulsado por la Administración Trump en todos los puntos calientes del planeta aceleró el acercamiento al menos comercial como la puesta en marcha del acuerdo con Mercosur -25 años negociándose donde al final se evidenció cómo la principal dificultad estaba de nuestro lado del Atlántico-, y se actualizaron los suscritos por la Unión con Centroamérica (2024), Chile (2025) o México (2026).

Mientras, los EEUU hicieron un espectacular despliegue militar en el Caribe –con el 20% de sus capacidades militares en el segundo semestre de 2025-; que, tras bombardear decenas de narco-lanchas con un centenar de muertos, realizó una operación relámpago en el estreno del año para capturar al Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, e imponer una tutela de facto sobre la segunda mayor reserva mundial de petróleo.

1

América Latina partida por la mitad”. Columna de opinión del nicaragüense, Sergio Ramírez, El País, 29 de Junio 2026.

“¿Hay un giro a la derecha en América Latina?”. Columna de opinión, Carlos Malamud . El Mundo, 18 de Julio 2026.

Tras estas acciones disuasorias, impuso un cerco de petróleo hacia Cuba, para asfixiar al régimen y el país. Todo envuelto en la publicación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, donde el continente pasa a ser un asunto propio, según la bautizada política Don-roe, al revivir Donald Trump la doctrina Monroe –adoptada en el siglo XIX (1823) por el Presidente James Monroe-, pero mientras en el siglo XIX era una estrategia defensiva frente a las intromisiones europeas (con los fallidos intentos de Francia, para crear un imperio en México; o de Portugal y Reino Unido para auspiciar una monarquía en Brasil), como ocurriera en el siglo pasado, hoy es ofensiva.

En ese sentido, y para dar un paraguas político a semejante despliegue de músculo militar, Trump convocó a comienzos de marzo una Cumbre para constituir “el Escudo de las Américas”, una alianza militar con el supuesto objetivo de combatir a los cárteles de la droga, a la que asistieron: Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago. Además de encomendársela a la hasta entonces encargada de las polémicas redadas antiinmigrantes, y recién dimita secretaria de Seguridad, Kristi Noem, el Presidente no asistió al almuerzo del encuentro, e hizo comentarios despectivos sobre el idioma español, asegurando que nunca lo aprenderá.

 

Del león al tigre

La verdad es que hay gran similitud del primero al último de estos nuevos presidentes latinoamericanos, seguidores y patrocinados por Trump: del argentino, Javier Milei al colombiano y también norteamericano, Abelardo de la Espriella. Y no solo por estrambóticos, es que nadie los esperaba: el argentino ni figuraba en las primarias previas y el colombiano iba décimo en los sondeos en la primera vuelta. También ambos eran “outsiders” - o ajenos al sistema político tradicional-.

Reencarnados en fieros animales: un león Milei, un tigre de la Espriella, y aupados por campañas tan virtuales como hollywoodienses: de grandes escenarios y  pantallas, música a tope… en estadios Milei, en pleno río Magdalena de la Espriella montado en una barcaza tan grande como la enorme televisión plana de fondo,…. ambos arrasaron también con algún matiz local: el argentino con una motosierra en mano para escenificar los recortes por venir, el colombiano con estética paramilitar –chaleco y cabina antibalas bien visibles-, envuelto en la camiseta de la selección de fútbol a las puertas del mundial.

No obstante, cuando Milei tomó posesión el 10 de diciembre de 2023, faltaba un año para el triunfo de Trump en las elecciones en su país, aunque ya estaba en campaña. Y, en realidad, el primer alumno aventajado fue durante el primer mandato de Trump (2017-2021), el brasileño Jair Bolsonaro, así como costarricense y también “outsider”, Rodrigo Chaves, hoy ministro de su seguidora recién electa, Laura Fernández, además del salvadoreño, Nayib Bukele.

Pero en su segundo mandato de Trump, se han multiplicado las intromisiones políticas descaradas en el continente, al condicionar un gran e imprescindible préstamo a Argentina al triunfo de Milei en las legislativas, y al forzar también un giro completo en los comicios presidenciales de Honduras cuando el aspirante con menos posibilidades, Nasry Asfura pasó y luego ganó por décimas la segunda vuelta, en un discutido resultado cuyo final se anunció en plena Navidad, al tiempo que Trump indultaba al ex presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, procesado y encarcelado en EEUU por narcotráfico, y del mismo partido que Asfura.

Con todo, entre las filias y fobias hubo también a lo largo de 2025 experiencias fallidas: en Bolivia, donde no prosperó el trumpista, Jorge Tuto Quiroga, sino Rodrigo Paz, del conservadurismo democristiano tradicional; en Chile, donde el emulador de Trump no pudo sobrepasar al aspirante clásico de la extrema derecha, José Antonio Kast; al igual que en Perú, donde quien aparecía como favorito y trumpista, Rafael López-Aliaga, no logró pasar ni a la segunda vuelta, en la que ganó por escaso margen el tradicional fujimorismo, tras tres intentos anteriores fallidos frente al dirigente de izquierda, Sánchez.

 

La nueva tendencia es, más bien, la debilidad democrática.

Que haya una ola derechista en Latinoamérica, presupone que antes la hubo de izquierdas, lo que no se ajusta del todo a la realidad por razones varias: por ejemplo Colombia, solo hasta ahora tuvo el primer presidente de izquierdas en toda su historia; o es más que discutible que al Presidente nicaragüense, Daniel Ortega se le pueda considerar de izquierdas, tras torcer la constitución para reelegirse y despreciar los derechos más básicos, como hiciera también su vecino derechista y alumno aventajado de Trump, el salvadoreño, Nayib Bukele.

Pero también, más allá de los Presidentes de Uruguay y de Guatemala, más de la mitad de la población y de la riqueza de la región la suman dos países gobernados por progresistas: México, cuya presidenta Claudia Sheinbaum tuvo un record de votación y sigue contando con gran apoyo, y Brasil, cuyo mandatario, Luis Ignacio Lula da Silva busca la reelección en los comicios del próximo octubre.

Su adversario es el hijo de Bolsonaro, Flávio, aún sin el apoyo de parte de su familia, con constantes idas y venidas a la residencia de Trump en Mar a Lago (Florida). Incluso el año pasado, el mandatario norteamericano llegó a amenazar con un arancel del 25% a los productos brasileños si la Corte Suprema confirmaba la culpabilidad de Bolsonaro padre por el fallido intento de golpe (2023), con toma de las principales instituciones, días antes de la toma de posesión de Lula.  

Los analistas latinoamericanos centran más bien sus análisis de los últimos comicios de ese continente en varias tendencias que precedieron a Trump, aunque su disruptiva política las acelere:

  • Las elecciones se deciden por márgenes cada vez más reducidos, por un punto porcentual (250 mil votos) en la elevada participación de Colombia; por décimas en un Perú (50,05% frente a 49,93%, diferencia de 24 mil 357 votos y una abstención de casi un tercio), como antes también lo fue en Honduras, lo que muestra una elevada polarización en una dinámica que ha puesto en jaque al sistema.
  • Profusión de aspirantes a Presidentes, a veces en base a partidos recién creados, o caudillistas que, o se consolidan con el triunfo del aspirante –caso del salvadoreño, Bukele; el brasileño Bolsonaro; o, en caso de perder, están condenados a desaparecer tras la primera vuelta. Tanto Colombia como Perú tuvieron record de candidaturas, pero también ocurrió antes en Bolivia, mientras en Guatemala fueron anuladas varias en discutidas decisiones de la autoridad electoral.
  • Superación del sistema partidario tradicional: el último y más sorprendente ejemplo ha sido Colombia, donde el inesperado Espriella superó al tradicional bloque “uribista” que condicionó la política de ese país dos décadas, cuando también el Presidente saliente, Gustavo Petro, y su pacto histórico con su aspirante, Iván Cepeda, logró afianzar una alianza de izquierdas hasta entonces poco relevante.

No obstante, en algunos países también muestran la persistencia de opciones tradicionales, como el fujimorismo en Perú, o el democristiano Paz en Bolivia- surgido más para acabar con la pugna intestina de la izquierda del Movimiento Al Socialismo, entre el ex Presidente Evo Morales y el saliente, Luis Arce.

  • Dinámica de péndulo: en algunos países los últimos resultados electorales parecen responder al péndulo de lo contrario de quien gobierna. El ejemplo es Chile, donde el triunfo del líder de la extrema derecha, José Antonio Kash –tras tres décadas del fin de la dictadura, el primer que la reivindica-, sucediendo a un Gabriel Boric, líder estudiantil surgido de las revueltas de 2019, que también rompió con la tradicional alternancia entre el bloque progresista encabezado por la socialdemocracia, y el conservador por la democracia cristiana.

Un resultado pendular, de un extremo al otro, que es  también lo ocurrido ahora en Colombia, y antes en Guatemala, donde fue elegido un presidente progresista, Bernardo Arévalo, de un movimiento social surgido un par de años antes, tras el gobierno más corrupto y derechista de la historia reciente del país. 

Hay quien resume todas estas tendencias en la frustración de las expectativas de la población, lo que explicaría cómo en 30 de las 46 elecciones presidenciales celebradas desde 2015, haya ganado la oposición.

 

Del baile al fútbol, pruebas de fuego inesperadas para Trump

Las últimas declaraciones del Presidente Donald Trump que han hecho furor no tienen precedentes: su explicación de la llamada al director de la FIFA para interceder ante un jugador de la selección estadounidense sancionado, le fuera levantada la tarjeta roja en semifinales, sin evitar que el equipo norteamericano perdiera el partido. Igual de sorprendente, aún con menos escándalo, fue su comentario sobre lo felices y bailando que estaban los venezolanos, horas después del doble terremoto que el 24 de junio devastó ese país. No está claro si el Presidente desconocía la dimensión del desastre, o se guiaba por las imágenes de horas antes, en la fiesta local venezolana en la playa.

En ambos casos, le pudo la desmesura, pero se produce en momentos de inflexión del apoyo presidencial, un desgaste al que contribuyen los datos de enriquecimiento de su patrimonio, el elevado coste de la vida, o el aún no despejado vínculo con el pederasta, Jeffrey  Epstein, pero sobre todo la irresuelta guerra con Irán.

En todo caso, en lo que a América Latina respecta, la dimensión descomunal de la devastación venezolana va a ser, probablemente, la prueba de fuego de la política de Trump hacia Latinoamérica, en especial porque la operación militar para someter al régimen a la tutela de la Washington ha sido presentada como modélica, aunque ha traído pocos cambios políticos, sí la explotación de las riquezas petroleras y mineras del país bajo las reglas de la Casa Blanca, que no el esperado desarrollo no ya en la reducción de la pobreza, sino ni siquiera en la reversión de la inflación más alta del mundo.  

¿Y Europa qué? Ni informada del golpe de mano de año nuevo, ni invitada a apoyar la transición venezolana, el margen es escaso. Y aunque parte de la inacción de la UE con Latinoamérica se pueda atribuir al desconcierto de las cancillerías respecto a la estrategia de la Administración Trump, el silencio europeo es un clamor del otro lado del Atlántico, así como la tardía y débil reacción de Bruselas respecto tanto a los retrocesos que se multiplican, como a los esfuerzos democráticos que también se producen.   

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