Publicado originalmente en The Huttington Post
La infinita indignación ante los atentados terroristas de Ankara y Berlín no nos debe hacer olvidar dos cuestiones esenciales.
La primera, que los terroristas querrían cometer muchos más ataques, pero no pueden.
Evidentemente, el hecho de que estén en condiciones de llevar a cabo aunque sea uno solo, con su terrible secuela de muertos y heridos, debe movilizar todos los esfuerzos de las democracias para que ni esa cifra alcancen los asesinos, porque únicamente hay un objetivo frente a ellos que pueda ser calificado de éxito: atentados cero. Eso está claro.
Pero estoy seguro de que se cuentan por decenas los intentos terroristas frustrados por las fuerzas de seguridad. Se trata de un logro callado y silencioso, pero eficaz, que también se demuestra en el hecho de que, para matar, los criminales tengan que recurrir a los métodos más simples (pero no menos salvajes) en cuanto a logística, como el de los camiones de Niza o de Berlín lanzados contra multitudes.
Es bueno que lo recordemos, porque, aunque mientras siga habiendo atentados es tan imprescindible como posible una mejora en la seguridad, evitar más ataques es un éxito atribuible, en buena medida, a la coordinación entre las democracias europeas. Los instrumentos de actuación conjunta de los que se ha dotado en tal sentido la UE juegan un papel clave en ese sentido, papel que una profundización federal de la Unión no haría más que perfeccionar: los federalistas europeos no somos unos utópicos, más bien grandes pragmáticos.


Hace apenas dos meses que los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 Estados miembros de la Unión Europea ratificaban en Bratislava su compromiso de lucha contra el desempleo juvenil, quizá la plaga más dañina a medio y largo plazo de las muchas que sacuden a una Europa especialmente zarandeada en 2016.
François Hollande ha sido presidente de Francia entre numerosas incertidumbres: los golpes del terrorismo (Charlie Hebdo, los atentados de noviembre 2015, de Niza, etcétera), una serie de campañas callejeras y mediáticas muy hostiles, con frecuencia desaforadas o meramente injustificables. Frente a eso, Hollande tampoco ha doblegado al desempleo, como prometió, ni ha sido capaz de situarse a la altura que esperábamos en la Unión Europea: el eje franco-alemán fue más bien el eje Merkel-Schäuble.
Si fuese italiano, votaría 'Sí' en el referéndum del 4 de diciembre. Y siendo español, ya me gustaría que las reformas sometidas a aprobación ese día se propusieran en mi país.
Puede parecer un contrasentido, pero pese a vivir en la era de la información global y de las tecnologías de la comunicación, y por lo tanto de la (teórica) transparencia, la premisa de que mentir proporciona réditos es aplicada de manera recurrente en nuestros días. Un buen ejemplo de este hecho es el acoso que sufren las últimas incitativas para impulsar la Política Común de Seguridad y Defensa de la Unión Europea (PCSD).
La verdad es que podía haber puesto varios títulos a este texto, porque Cuba, la situación cubana, es muy proteica y se presta a muchos titulares, análisis e interpretaciones. Cuba y la perversión del lenguaje. O Del Cuba Libre al Coco Libre, por ejemplo.

Durante muchos años el levantamiento de Hungría contra el poder comunista y las imposiciones de Rusia apenas obtuvo reconocimiento entre las nutridas filas de la izquierda europea. La potente maquinaria propagandística soviética compró literalmente a numerosos intelectuales, que se encargaron de minimizar aquel episodio como una contrarrevolución fascista.
