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Canadá y Europa: una alianza que viene de lejos

Canadá y Europa: una alianza que viene de lejos
Créditos de la imagen: Mapa geológico de Canadá (1962). Geological Survey of Canada, "A" Series Map, 1045A. https://doi.org/10.4095/106724
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En Avilés, mi pueblo, Canadá empezó a asociarse, hace muchos años, con Asturiana de Zinc. Es una simple historia industrial que vista con ojos de ahora, sigue vigente.

En 1989, la compañía minera canadiense Curragh Resources adquirió aproximadamente el 20 % de Asturiana de Zinc (AZSA), mientras la empresa asturiana tomó a su vez una participación en Curragh. No se trataba simplemente de una inversión financiera. El acuerdo pretendía integrar dos extremos de una misma cadena industrial: Canadá disponía de enormes recursos minerales y Asturias de la capacidad para transformarlos.

Curragh explotaba la gigantesca mina de Faro, en el Yukón. Se comprometió a suministrar concentrados minerales a AZSA. Para una industria como la asturiana, que necesitaba importar buena parte de sus materias primas, asegurar el abastecimiento era una cuestión estratégica.

La alianza duró poco. Curragh abandonó su participación en AZSA en 1992 y al año siguiente entró en suspensión de pagos. La mina de Faro – en su día la mina de plomo-zinc más grande del mundo a cielo abierto, acabó cerrando definitivamente. Dejó estela: un fabuloso problema ambiental.

Aquella relación respondía a una fórmula sencilla que la UE parece querer recuperar.

Canadá tenía el mineral y Asturias la capacidad industrial para transformarlo.

Casi cuarenta años después, esa complementariedad reaparece a una escala mucho mayor. Ahora, en octubre de 2026, hablamos de Canadá y de la Unión Europea. Hablamos, además, de una Unión Europea que se asoma, apurada, a la escasez de materias primas y recursos minerales. Hablamos de una Europa enganchada a los combustibles fósiles que tienen fecha de caducidad. Queda poco.

Mucho antes de Avilés: Terra Nova

La relación de Canadá con Europa viene de lejos: surgió mucho antes de que existieran España, Canadá o la propia idea moderna de Europa.

Hacia el año 1000, navegantes nórdicos procedentes de Groenlandia alcanzaron América del Norte. Las sagas vinculan aquellas expediciones con ¿Leif Eriksson? y Vinland. La arqueología ha confirmado la presencia nórdica en L'Anse aux Meadows, en el extremo septentrional de Terranova.

Cinco siglos después, llegó Giovanni Caboto —John Cabot para los ingleses—, navegante veneciano al servicio de Enrique VII de Inglaterra. Su viaje de 1497 abrió una nueva etapa en el conocimiento europeo de aquellas costas.

La noticia circuló con extraordinaria rapidez (¡sin internet!). Hacia 1500, Juan de la Cosa, compañero de Colón, incorporó a su célebre mapamundi información procedente de las exploraciones inglesas de Caboto en el Atlántico noroccidental.

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El Mapa de Juan de la Cosa es la representación cartográfica más antigua conservada en la que aparece el continente americano.  Museo Naval, Madrid, España.

Muy pronto apareció un nombre destinado a permanecer. En el mapamundi de Johannes Ruysch de 1508 figura ya la denominación latina Terra Nova, literalmente «Tierra Nueva».

“Hay mucho vascuence entremezclado en Canadá”

Después -dudas razonables apuntan a una llegada muy anterior - alcanzaron aquellas latitudes pescadores y balleneros vascos. Aquí, la historia deja de ser únicamente una sucesión de viajes de exploración para convertirse en verdadera actividad económica transatlántica.

Durante el siglo XVI, barcos procedentes de puertos vascos españoles y franceses atravesaron regularmente el Atlántico para alcanzar Terranova y Labrador. Extraordinarios caladeros de bacalao y poblaciones de ballenas permitían transformar la grasa de los cetáceos en aceite destinado a los mercados europeos.

Red Bay, en Labrador, se convirtió en uno de los principales centros de la industria ballenera. Allí se localizaron estaciones de procesamiento, hornos, tonelerías, pequeñas chalupas utilizadas para perseguir a las ballenas y los restos de varios galeones.

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La investigación de Selma Huxley Barkham descubrió puertos balleneros, restos arqueológicos de sus bases y la presencia de galeones vascos hundidos en la zona, entre ellos el San Juan, perdido en 1565 en Red Bay, Labrador. En reconocimiento a la importancia de este hallazgo, Red Bay fue declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2013. Crédito imagen: https://www.itsasmuseum.eus/

Buena parte de lo que sabemos hoy sobre esta extraordinaria aventura se lo debemos a Selma Huxley Barkham. Esta investigadora canadiense dedicó muchos años a estudiar archivos españoles y vascos —protocolos notariales, contratos, testamentos, pólizas y documentación marítima— hasta reconstruir una historia que prácticamente había desaparecido de la memoria colectiva.

Jose Mari Gorordo, economista, historiador, exalcalde de Bilbao, recuerda con admiración a Selma. El Gobierno Vasco quiso expresar públicamente su agradecimiento a una investigadora que “buceó” en aguas internacionales para rescatar documentos tan reveladores como inéditos de la relación País Vasco/Canadá.

Gorordo evoca un testimonio imperdible: "Claude Duret (c. 1565-1611), erudito y magistrado francés, publicó Thresor de l´historie des langues . Es un extenso volumen enciclopédico en el que en la lista oficial de lenguas de la portada no figura el vascuence, ni como lengua cántabra ni de ninguna manera, pero se pueden leer varias referencias narrativas a los vascos y su lengua como, por ejemplo, cuando dice que los pescadores vascos impusieron a los indígenas de Terranova el vocablo “bacaillos” para  bacalao y añade que “hay mucho vascuence entremezclado en Canadá”, probablemente por la presencia de pescadores vascos; también hay una reseña explícita cuando se refiere a que en las Galias hay lenguajes diferentes, y cita el flamenco, el bajo bretón, el gascón y el vascuence que “no se entienden entre sí.”

Crónicas posteriores recogen palabras y construcciones de origen vasco utilizadas en esos contactos. Una de las más llamativas es «Apezak hobeto!», literalmente «¡los curas mejor!», expresión vasca que habría sido incorporada por indígenas de la región como fórmula de saludo o respuesta convencional después del contacto con los pescadores.

La relación comercial se mantiene en la toponimia. El caso más evidente: Port aux Basques, en el extremo suroccidental de Terranova.

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Imagen Port aux Basques. Google Earth

Las dos orillas aprendieron a comerciar… Más de cuatro siglos antes del CETA, Europa y Canadá ya estaban unidos por recursos naturales, barcos, comercio y tecnología.

 

De Terra Nova a Bruselas

En 2026, no buscamos bacalao ni aceite de ballena ¿O sí? Necesitamos algunas de las materias primas, fuentes de energía y capacidades tecnológicas para mantener la industria, electrificar la economía, aumentar la capacidad militar y reducir dependencias estratégicas.

En septiembre de 2026, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen propuso avanzar hacia una «Alianza para el Futuro» y explorar la posibilidad de que Canadá se convierta en el primer «miembro asociado» de la Unión Europea.

La expresión requiere cautela.

  1. Europa necesita materias primas, volvemos a Canadá

La Unión Europea dispone de capacidad industrial, científica y tecnológica, pero no produce los recursos que necesita su voraz economía.

 

 

 

  1. Un Pacto Verde más flexible y discutido

La cuestión adquiere todavía mayor interés porque el propio Pacto Verde Europeo está cambiando.

El nuevo marco permite que hasta cinco puntos porcentuales del objetivo de 2040 puedan alcanzarse mediante créditos internacionales de carbono. Esto significa que la reducción doméstica puede quedarse en el 85 %. También se ha retrasado hasta 2028 la entrada en funcionamiento del ETS2 para edificios y transporte por carretera.

Para Canadá, este cambio resulta especialmente interesante.

Paradójicamente, puede beneficiarse tanto de lo que permanece del Pacto Verde como de lo que se flexibiliza.

  1. De los minerales a las armas

El segundo gran pilar de la nueva relación es la defensa.

En junio de 2025 Canadá y la Unión Europea establecieron una Asociación de Seguridad y Defensa. El acercamiento adquirió después una dimensión mucho más concreta cuando Canadá se convirtió en el primer país no europeo asociado al instrumento SAFE, destinado a aumentar las inversiones conjuntas y la capacidad industrial europea de defensa.

La relación entre minería y defensa es directa.

Un avión, un radar, un satélite, un dron, un misil o un sistema avanzado de comunicaciones requieren materiales que Europa no siempre produce ni procesa en cantidades suficientes.

Níquel, cobre, cobalto, grafito y tierras raras han dejado de ser únicamente productos comerciales.

Son también recursos estratégicos.

La pregunta ya no es solamente cuánto cuesta obtenerlos, sino quién los produce, quién los procesa y qué ocurriría si ese suministro se interrumpiera.

Canadá aporta recursos, industria aeroespacial, energía y capacidad tecnológica.

Europa aporta mercado, capital, investigación y una industria militar que pretende aumentar rápidamente su producción.

  1. Y al norte, el Ártico

Existe todavía un tercer escenario en el que convergen prácticamente todos esos intereses: el Ártico.

Canadá es una potencia ártica y Europa posee una dimensión ártica a través de sus países nórdicos y de Groenlandia, vinculada al Reino de Dinamarca.

Minerales, hidrocarburos, rutas marítimas, cables submarinos, comunicaciones, soberanía territorial y defensa confluyen en el mismo mapa.

No es casual que el Ártico figure entre las áreas señaladas para profundizar la futura cooperación entre Canadá y Europa.

Existe aquí otra paradoja difícil de ignorar: el propio cambio climático que Europa intenta combatir está aumentando el valor económico y geopolítico del Ártico.

¿Billete de ida y vuelta?

El acercamiento entre Canadá y la Unión Europea no está exento de límites. Un reciente editorial del Financial Times advierte contra la tentación de presentar esta relación como una suerte de futura «asociación» a la UE. Ursula von der Leyen llegó a invitar a Canadá a convertirse en su «primer miembro asociado», una figura que en realidad no existe en la arquitectura comunitaria. Para Ottawa, una integración comparable a la de los países europeos asociados supondría compartir parcelas de soberanía y, sobre todo, aproximarse al mercado único europeo a costa de levantar nuevas barreras frente a Estados Unidos, que continúa siendo, con mucha diferencia, su principal mercado. El periódico británico considera por ello más realista una alianza pragmática entre «potencias intermedias», basada en intereses concretos: materias primas críticas y energía canadiense, capital y mercado europeos, cooperación tecnológica, defensa y seguridad en el Ártico. Una fórmula que permitiría a Canadá diversificar su dependencia de Estados Unidos y China sin tener que elegir entre Norteamérica y Europa.

Michael Ignatieff, es “un viejo zorro” canadiense, académico, escritor, político. Premio Princesa de Asturias Ciencias Sociales 2024. Sobre la relación de asociados:

 

“Europa podría convertirse en un mercado crucial para nuestros combustibles fósiles y minerales críticos. La relación económica puede crecer, pero tomará de cinco a diez años desarrollarla”.

Canadá y UE, una nueva singladura que deberá estar gobernada por el respeto a la Tierra. Los límites planetarios, algunos ya superados, marcan una línea entre la vida y la muerte.

Etiquetas:

Canadá, Unión Europea, Canadá-UE, Pacto Verde, Ártico, geopolítica, Terranova, balleneros vascos

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