Una jornada de ‘catfishing’. Eso decía el papel presentado al alcalde -de un lugar del que no quiero acordarme- para que lo avalara y apoyara. Una fiesta de pesca del barbo, eso solicitaban. El regidor miró a los solicitantes, miembros de una asociación local de pescadores surgidos de un mundo campesino de una pequeña localidad de Extremadura (España), y les pidió que pusieran la cosa en castellano. No hubo manera.
Ninguno de los peticionarios sabía hablar algún idioma ajeno, pero defendieron su ‘catfishing’ como si fuera caviar. El burgomaestre, resignado, avaló el evento con cara de asco. Así va Europa.
¿Por qué hay tragar cada día misiles y términos anglófonos incrustados en todos los idiomas europeos, variados y ricos en historia y que tienen una amplia gama de vocabulario para decir lo mismo? Es más que absurdo: es una herida mental y cultural que se auto inflige el público.
Mientras los expertos se esforzaron en probar los beneficios mentales del multilingüismo (incluso para prevenir el Alzheimer), una cierta manía ideológica, asociada a la ideología neoliberal más reaccionaria, ha impuesto su obsesión: resulta casi obligatorio decir los términos clave de todo en inglés. Ni siquiera se trata de hablar desde la diversidad o de escribir en inglés, que es una cultura múltiple, estupenda, rica y divertida, sino de salpicar los demás idiomas con gotitas de salsa supuestamente anglófílica.



Un gigante en lo físico y en lo político. Temblaba la tarima de sala donde entraba, con sus 1,93 de estatura y sus 150 kilos de peso, que recuperaba en unas semanas, tras la cura de adelgazamiento de verano en Austria.
Europa, a pesar de gastar 200.000 millones de euros en seguridad cada año, está viviendo los mayores riesgos y amenazas desde la II Guerra Mundial. El terrorismo islamista, la inmigración masiva de refugiados o el Brexit han dibujado un panorama calificado por los expertos de convulso. Pero que no cunda el pánico: tenemos que convivir con el caos. Así se puso de manifiesto en el XXIX Seminario Internacional de Seguridad y Defensa, que organiza en Toledo la Asociación de Periodistas Europeos (APE).
En la catedral Catania se celebra una boda y un coche de alta gama aparcado en una esquina así lo atestigua. A menos de un kilómetro de allí, en el puerto de la ciudad siciliana desembarcan 503 inmigrantes envueltos en una manta de plástico de color naranja. Falta uno que falleció la noche anterior a bordo del buque Siem Pilot que gestiona la Agencia Europea de Fronteras (Frontex). Tenía 16 años y una grave enfermedad. “Soy padre y ver esto es muy duro”, relata con la voz entrecortada el fornido comandante de la misión policial, Jorgen Berg.