Decálogo para celebrar los 60 años del Tratado de Roma

Publicado originalmente en el confidencial.com

decalogoA seis décadas del acuerdo que dio origen a la Unión Europea, el ambiente es mucho menos optimista que entonces. Europa necesita resolver muchos retos y una narrativa que ilusione a sus ciudadanos

Las calles de Roma dan la bienvenida a los europeístas 60 años después. El ambiente no es tan optimista como entonces. De seis Estados miembros hemos pasado a 28 pero uno de ellos, Reino Unido, ya no estará presente en la celebración del aniversario del Tratado que fundó la Comunidad Económica Europea. Los 27 jefes de Estado y de Gobierno deben elegir qué camino seguir, para salir de la mayor crisis que aqueja a Europa desde el fracaso de la Comunidad Europea de Defensa en los años 50 o el rechazo a la Constitución Europea a mitad de la década pasada.

Europa vive en una policrisis que tiene varios frentes. El primero se inició con la Gran Recesión de 2008 y los posteriores rescates de Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre, que provocaron el ascenso del populismo de extrema izquierda en Atenas y Madrid y que han dado lugar a avances en la Unión Económica y Monetaria aunque sean insuficientes. Continuó con la crisis entre Rusia y Ucrania por la invasión ilegal de Crimea y la posterior guerra en la zona del Donbass, que generó la necesidad de una política exterior y de seguridad más fuerte así como una menor dependencia energética de Moscú.

Por una nueva europa

Relanzar la Unión Europea

relanzar la union europeaHace 60 años que se firmó el Tratado de Roma con el que se inició el proceso hacia la Unión Europea. Una unión que no solo ha significado la superación de toda una época histórica de terribles guerras entre europeos sino que también ha establecido el espacio político, económico y social más democrático y avanzado del planeta. Durante casi siete décadas los europeos hemos ido poniendo en común los instrumentos de nuestra unión, desde aquella lejana asociación del carbón y del acero, pasando por la unión aduanera del Tratado de Roma, el mercado interior del Acta Única y el euro del Tratado de Maastricht, hasta la Unión Europea del Tratado de Lisboa.

Hoy observamos, con creciente inquietud, la situación por la que atraviesa nuestra Unión. La dura crisis económica, y su deficiente tratamiento, en el marco de la mundialización y la acelerada revolución tecnológica, han hecho aflorar nuevas y viejas contradicciones que están sometiendo a la Unión a una dura prueba que pone en cuestión hasta su propia existencia. La mayor de estas quiebras es el descontento social, en amplias capas de la ciudadanía europea, que se traduce en un desapego hacia el proyecto europeo en su actual encarnación. El resultado del referéndum británico (Brexit), unido a las posiciones de la nueva Administración estadounidense, ha supuesto una potente señal de alarma de que el desarrollo de las cosas europeas no van bien. Porque no se trata solo de Reino Unido. Las posiciones euroescépticas o claramente contrarias a la UE avanzan en varios países. Desde populismos, de uno u otro signo, nacionalismos de nueva y vieja factura, hasta ataques descarados a la existencia de la Unión. Todos ellos bajo el denominador común del rechazo a las políticas que conduzcan a una Europa cada vez más unida; la puesta en cuestión de la validez del euro y la pretensión de regresar a los viejos modelos de Estados nación. Empeño que, de consumarse, nos introduciría en una senda de peligrosas incertidumbres y de creciente impotencia, en un mundo cada vez más interdependiente, pero hegemonizado por grandes poderes políticos y económicos globales. Y sin ninguna garantía de que no regresásemos a los enfrentamientos de antaño.

¡Larga vida a la Europa de los 27!

La nueva Europa que nace al cumplir los 60 años deberá cimentarse en su propia Seguridad y Defensa, pero reforzando los valores que la distinguen

eu“La naciones soberanas del pasado ya no pueden resolver los problemas del presente”, proclamaba Jean Monnet para justificar el nacimiento de su criatura: la unión de las naciones europeas, tras tantos siglos de luchar entre sí para dirimir sus diferencias y alzarse con la supremacía sobre las demás.

La que hoy está consagrada como Unión Europea cumple sus primeros 60 años aquejada de importantes dolencias. Sin embargo, será ella sola, con todos sus miembros, la que decidirá finalmente si quiere vivir más y en mejores condiciones o prefiere languidecer hasta desaparecer y permitir que la devoren sus demonios, propios y ajenos.

Es absolutamente algo inédito que algún miembro de este club quiera pedir la baja, pero así ha sucedido. El Reino Unido, además, no es un socio cualquiera, y sus razones para marcharse, por mucho que resulten incomprensibles a ojos de buena parte de los demás europeos, son plenamente respetables. Ya no es probable que los que se quedan se chupen el dedo y admitan que la ruptura será en un ambiente de aterciopelada concordia. El Brexit será duro, como corresponde a un país que ha sido grande y hegemónico en su historia y aún mantiene un prestigio incontestable.

Sería injusto no reconocer las aportaciones de Londres a la fortaleza y desarrollo de la Unión Europea, especialmente en el reforzamiento de sus valores democráticos, pero ello no obsta para que también quede en la memoria la ingente cantidad de trabas que los gobiernos británicos de todo signo, conservadores o laboristas, han puesto a la construcción europea.

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